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viernes, 2 de febrero de 2007

Inicios en Tajamar


Mis padres querían que cambiase de colegio y que entrase en Tajamar (luego supe que la logia esa tan terrorífica era un colegio). Por casualidades de la vida, D. Carlos Merino, el director de Tajamar, era también directivo de la empresa en la que trabajaba mi padre. Esas Navidades, mi padre me hizo sentarme en sus rodillas mientras el pobre hombre hacía de Rey Gaspar, en una entrega de regalos a los hijos de los empleados. Mientras esperaba en la fila para pedirle al Rey Mago que nos tocaba el regalo que habíamos elegido, mi padre me susurró al oído: “dile que tú lo que quieres de regalo es entrar en Tajamar” y así lo conseguí en 2º de EGB.

Tajamar es un lugar espléndido, mágico para los que hemos pasado años allí. Para los que sólo lo visitan, es un colegio amplio, de más de 10 hectáreas (cada una, un campo de fútbol de los grandes, para entendernos). Las aulas son de una sola planta. La edificación es de ladrillo rojo, con tejados de uralita; el suelo es de granito tanto en el exterior, como en el interior. Abundan los jardines y los caminitos de piedra, los bancos y cenadores que tanto le debían de gustar a San Josemaría Escrivá de Balaguer, porque los he visto repetidos en varias obras corporativas o residencias del Opus Dei. En los jardines se alternan los sauces llorones, los pinos y los cipreses. Hay muchas instalaciones deportivas, sencillas pero resistentes. Tiene un oratorio grande donde se celebran las Misas más concurridas, una cripta donde se celebran los actos de culto con pocos asistentes, o donde los alumnos y profesores acuden a visitar al Santísimo y a rezar en los recreos o tras las clases; un Salón de Actos enorme, con un gran escenario y una Sala de Proyecciones, como un cine. En el pabellón central están los despachos de los directivos del colegio, la administración y la Sala de Profesores. Todo está decorado con sencillez y buen gusto, como suele ser habitual en este tipo de centros, con muebles castellanos, resistentes al uso.

Para los que veníamos de las modestas casas de Vallecas y Moratalaz, atravesando descampados llenos de escombreras y barro, poblados de infraviviendas de gitanos y mercheros, Tajamar era una especie de oasis en medio del desierto. Conozco a algún antiguo alumno que todavía, cuando tiene algún problema o, sencillamente, se siente mal, se acerca a Tajamar, pasea por sus jardines, por los pasillos entre aulas, y encuentra la paz de espíritu a pesar de no haber pasado por el “reciclado” en el despacho de D. Rodrigo, el sacerdote pilar y referencia del colegio.

Mi primer día de colegio no fue nada mágico.

Aparte de asignarnos a una clase y hacer cola para recoger los libros nuevos -que sensación, la de oler los libros nuevos, poner tu nombre, forrarlos...-, no hicimos nada más, salvo jugar. Todos los colegios del mundo tienen un campo de juegos, o un modesto patio, o lo que sea, en el que siempre sucede lo mismo: cuando eres pequeño, los mayores te quitan el sitio para jugar porque son mayores y cuando eres mayor los pequeños no se dejan o los muy cabrones se chivan al profesor más cercano cuando tú lo único que quieres es hacer prevalecer la antigüedad –concepto muy anclado en los convenios colectivos de empresa, pero no aplicable a este particular- que tú previamente habías respetado.

Ese primer día, con afán de agradar y de marcar el terreno a mis compañeros de clase, mientras sucedía la aplicación de la regla que comentaba más arriba, me resistí a abandonar el patio, cuando fuimos amablemente requeridos para ello por los alumnos de 3º, que acababan de salir al recreo con un balón. Un “mayor” con pinta nada peligrosa –gafitas y cara de vaca mirando al tren-, me empujó para que saliera del patio. Me encaré con él, ante la mirada admirada del resto de mis compañeros e inicié el rito de pelea de osos al que estaba acostumbrado en mi barrio y que tantos éxitos que había reportado. Hasta el momento.

El gafitas me atizó, sin mediar palabra y sin demostrar ninguna pasión, como quien está ejerciendo una tediosa obligación, un rodillazo en los huevos que todavía hace que me encoja cuando lo recuerdo.

Me quedé tumbado en el suelo sintiendo el dolor más terrible que, aparte de una fractura de tibia y peroné, había sufrido hasta el momento. Alberto se acercó, me miró para ver si sobrevivía y se alejó en silencio, no fuera que el gafitas tuviera ganas de repetir la experiencia también con él. Lo peor fue la humillación de la derrota y descubrir que aquello no era mi barrio y que el mundo era un lugar peligroso y difícil para vivir.

Al día siguiente descubrí a Alberto entre los de mi clase. No dio muestras de reconocerme, ni tuvo curiosidad por saludarme. Al fin y al cabo, yo era “el nuevo” y tenía que acercarme a los demás, todavía con mayor motivo tras mi ridículo del patio. Comprobé que a Alberto y a otros chavales de mi clase, los mayores les trataban con cierto respeto y que la forma habitual de comunicarse con ellos no era por medio de collejas, como hacían con los demás. El motivo es que Alberto y otros, tenían hermanos mayores dentro del colegio, lo que les protegía, según el orden de castas-cursos establecido. Así que me inventé un hermano mayor, lo que me sirvió de protección durante algunos años, hasta que uno de los habituales de mis peleas, que si tenía hermanos mayores, descubrió el pastel y se encargó de divulgarlo, pero para entonces ya había aprendido a defenderme.

Alberto, por aquel entonces, vestía la indumentaria que le acompañaría casi hasta que empezamos el BUP: pantalón corto gris (en verano y en invierno), jersey azul marino de lana, y calzado que alternaba entre las botas de cuero con cordones y las botas de agua, en función de la meteorología. Como complementos, verdugo azul de lana reciclada de algún jersey viejo (nuestras madres ya practicaban el reciclado, sin campañas de publicidad ni nada), una trenka con capucha y una cartera de cuero marrón, que le duró casi hasta la universidad y que servía para llevar los libros, como escudo en las peleas a pedradas (llamadas “dreas”), como elemento de transporte en los terraplenes de la zona...

Nuestro profesor encargado de curso, D. José Luis Osuna, hombre paciente y amigable, manchego de Alcázar de San Juan y que, como toda la gente de pueblo, era inclinado a poner motes, llamaba a Alberto “Cabra Loca”, apelativo que le acompañó hasta que acabamos la EGB y cambiamos de compañeros de clase, por la entrada de nuevos alumnos.

Lo de Cabra Loca le venía al pelo. Si Alberto hubiera sido un niño de los de ahora –y hubiera tenido unos padres como los de ahora- estoy convencido de que le habrían tratado psicólogos y psiquiatras que le habrían inflado a pastillas y terapias que le hubieran vuelto tarumba de verdad. Cualquier psicólogo de colegio (los curas del laicismo, al fin y al cabo) o padre de hoy en día, no dudaría un momento en calificar a Alberto de “niño hiperactivo” por su exceso de energía, vitalidad, cachondeo y ganas de hacer travesuras. Falta de concentración, lo llaman. Claro, como te vas a concentrar en nada si tienes una fantasía que te desborda o tu mayor preocupación es pensar como le vas a gastar la próxima broma a tu compañero de pupitre o al profesor de turno. Si eso es una enfermedad, Alberto la padecía de manera aguda, pero creo que la mayoría de los chavales de entonces, salvo los bovinos, también éramos así.

Durante el primer año juntos nos hicimos amigos; tan amigos como pueden ser dos niños de siete años: jugábamos juntos, no nos peleábamos entre nosotros, hacíamos el camino de casa al colegio y viceversa juntos, etc. En ese primer año, Alberto y yo tuvimos que "reforzar" la lectura a dos compañeros nuestos de clase que provenían de familias muy pobres y que prácticamente no sabían leer. Alberto tenía más paciencia que yo (que atizaba coscorrones a mi "alumno" cuando fallaba) y consiguió mejores resultados en su faceta de profesor. Siempre se le dió mejor tratar a la gente.

Alberto era de mi "banda" en clase: cuadrilla de chavales, despabilados y un poco golfos, que solíamos ser los que "mandábamos", en los juegos del recreo, en el reparto de collejas a los más pringaos, etc. Yo le protegía a él -físicamente, yo era el deportista y él era el gordito- y él me hacía reír hasta llorar, como hizo siempre.

Alberto conseguía hacerme reir como un salvaje, ensanchando mis pulmones; me hacía reir de verdad, como ríes cuando eres niño, solo que él hacía que yo riera así siempre. El humor de Alberto estaba lleno de guiños de inteligencia, de ironía blanca, pero también usaba el gesto justo, impostaba la voz como nadie, imitaba a quien quería como quería.

Le encantaba intercalar frases de chistes o de películas en las conversaciones, que se convertían en claves de humor inteligente; llegamos a tener tantos "chistes privados" que había conversaciones entre nosotros que nadie entendía, pero que a nosotros nos hacían partirnos de risa. Cuando pasaba eso, para no ser incómodos -si nos interesaba- a un tercero, Alberto le explicaba el chiste en cuestión o la escena de la película correspondiente, con lo que el interlocutor, normalmente, también se partía de risa con él y entraba en la conversación.

Dicen que el humor es un gran componente del amor, cuando se trata de la pareja; en nuestro caso, fué un ingrediente fundamental de nuestra amistad: lo pasábamos siempre bien juntos, sólo por el hecho de estar juntos. Mi mujer -que quería a Alberto casi tanto como yo- me decía, sin celos, con admiración: "Sólo te ríes así con él", y a veces la sorprendía mirándome feliz cuando yo soltaba una estruendosa risotada con alguna ocurrencia de Alberto.

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