
En todas las aulas, despachos y salas del colegio hay una imagen de la Virgen, ya sea un cuadro, una figura o una sencilla estampa en un marco. Las clases se iniciaban por la mañana con un Avemaría dirigido al cuadro de la Virgen y se acababan, por la tarde, de la misma manera. A las 12:00 parábamos para rezar el Ángelus. Cada día un alumno se turnaba, por riguroso orden, para dirigir la oración, a la que el profesor se sumaba como uno más.
En el mes de Mayo, a partir de una determinada edad, los alumnos eran animados a traer flores para colocarlas en un recipiente con agua que colgaba en la pared, bajo el cuadro de la Virgen de cada aula.
Alberto y yo, fruto de nuestra hiperactividad nunca diagnosticada, siempre éramos voluntarios para lo que fuera. Eso nos permitía descargar energías y tener el protagonismo que buscábamos, aunque no fuéramos, entonces, conscientes de ello. De lo que si éramos conscientes era de que cuando pedían voluntarios para, por ejemplo, poner sellos a las felicitaciones navideñas del colegio, hacer las pancartas para el partido de fútbol profesores-alumnos del aniversario, o lo que fuera, esa dedicación solía estar premiada con el correspondiente escaqueo de las clases.
En esta materia del escaqueo vía actividad “paralela pero legal” Alberto y yo nos hicimos auténticos maestros, de tal forma que durante toda la EGB era difícil encontrarnos en clase. Cosechamos grandes éxitos en este terreno –que explotábamos con discreción y vendiendo favores a otros alumnos, que también gustaban de fumarse las clases- hasta que nos encontramos con un profesor de Matemáticas, Benito Palenciano. D. Benito, que además de dedicarse a la enseñanza regentaba una boyante pollería con su mujer, era bastante más listo que nosotros y nos tenía un cariño que no supimos ver en ese momento; nos cascó el primer suspenso de nuestra vida en 8º de EGB, a pesar de que habíamos sacado puntuaciones más que notables en el examen de evaluación. Cuando fuimos a protestar las notas, nos miró con su sonrisa ladeada y socarrona y nos dijo: “Ya se que habéis aprobado. Tú, de hecho, tienes un nueve y tú un siete. Me da igual. Hasta que no volváis a acudir a todas mis clases, no os pienso aprobar. Y si queréis vais a protestar el Jefe de Estudios”. Ni se nos ocurrió.
En 3º de EGB, al llegar el mes de Mayo, D. Juan, que era nuestro profesor encargado, nos contó la tradición de traer flores a la Virgen. D. Juan, en aquel tiempo, debía de tener unos 40 años, era soltero, vivía con su padre y era el más serio de todos los profesores de EGB. Siempre impecablemente vestido, causaba pavor por su fiera mirada de ojos claros que escondía tras unas gafas de pasta ahumadas, algo pasadas de moda ya entonces. Era un buen profesor, paciente y cariñoso con los salvajes que poblábamos sus clases. Sólo tenía un defecto: cuando su cabreo llegaba al límite con algún becerro con pantalones cortos, lo peor que te podía pasar no era que te insultase a gritos, que te castigara… no, no; lo peor era que se quedara quieto, te llamase por tu nombre sin alzar la voz y te dijera que te acercases. Entonces, atizaba unos capones que se te encendía el pelo y no eran unos capones normales: D.Juan gastaba anillo con piedra –de moda entre la gente de su edad-, algo picuda, que manejaba con una precisión tal que parecía un ninja de los capones.
Los primeros en levantar la mano al requerimiento de las flores fuimos, como no, Alberto y yo. Después de conseguir la primicia, pensamos en cómo ejecutar la alta responsabilidad que se nos había encomendado para los dos días siguientes. Quedaba descartado pedir a nuestras madres –como hacía todo el mundo, según vimos más tarde- que comprasen las flores. Nuestras sufridas madres, ya por entonces, estaban más que hartas de que nos presentásemos voluntarios a todo, ya que a veces eso incluía comprar cosas, y las economías de nuestros respectivos hogares, funcionaban más ajustadas en costes que un restaurante chino.
Excluida la compra, sólo quedaban el robo y la recolección. El robo quedó descartado en el primer momento; más que por motivos morales –aunque se esforzaban en inculcarnos virtudes humanas, todavía no habíamos florecido en ese aspecto- por imposibilidad material: no había una sola floristería en nuestro universo conocido, muestra de la humildad de nuestro barrio. Por tanto, sólo quedaba la recolección.
El camino a Tajamar, entonces, era una aventura diaria. Para llegar al colegio desde Moratalaz había que atravesar una pasarela sobre la autopista de Valencia (el Puente Gris), un descampado lleno de terraplenes, montañas y cruzar el famoso “Tajamarranos”, arroyo de aguas fecales que salía de Tajamar y que, por falta de alcantarillado, se perdía en curvas y regatos hasta los confines del mundo conocido por nosotros. En total unos tres kilómetros desde casa, algo más de 15 minutos andando a buen paso.
Nuestras respectivas madres nos acompañaron al colegio el primer año, pero a partir de entonces, la seguridad que había en la calle, sus muchas cargas en casa y la compañía de vecinos y hermanos mayores, hicieron que gozásemos de una libertad impensable para un niño de estos tiempos que vivimos ahora.
En Mayo, en aquellos descampados y terraplenes crecían generosamente margaritas, amapolas, dientes de león y campanillas; bueno, y cardos, muchos cardos. Así que, cuando nos vimos en el trance de tener que llevar un ramo de flores al día siguiente, optamos por hacer un “ramo variado”, con la flora –y algo de fauna- autóctona de la región.
Cuando a primera hora de la mañana nos presentamos con un ramillete de amapolas, margaritas y lilas, D. Juan nos miró en silencio, arregló un poco el desastre agavillado de flores silvestres que habíamos recogido y, sin mediar palabra, lo metió en un antiguo bote de lejía lleno de agua que, cortada la tapa, hacía las veces más que dignamente de florero. Reciclado de envases se llama ahora a esto y lo enseñan en los colegios, con cargo al Presupuesto.
Al día siguiente, segundo de nuestro encargo, nos presentamos con un ramo más gordo que el anterior, en vista del éxito que habíamos cosechado. D. Juan volvió a mirarnos en silencio, murmuró algo que no logramos entender, tiró la mitad de las flores a la papelera y cambió el ramo, algo marchito ya, que habíamos traído el día anterior.
Después de nosotros se apuntó al encargo otro chaval de clase, Manolo Tobarra, uno de los que venía con nosotros todos los días por el descampado hasta Tajamar. Le ayudamos, esa mañana, a recoger una brazada de la escasa variedad de las flores silvestres de la zona. Cuando el muchacho se presentó, lleno de ilusión delante de D. Juan con su ramo –que era casi más grande que él y que no lo abarcaba con las manos, fruto de nuestro furor recolector-, éste no pudo más.
Sin respetar las reglas más elementales de la psicología infantil, sin el menor tacto, cometió un acto que sin duda, en estos días, le hubiera ocasionado el fin de su carrera en la enseñanza a quien sabe si la cárcel. Empezó a ponerse colorado y a gritar como un haitiano poseído por un zombi. “¡¡¡Forrajeeeeeeeee!!!” gritaba, “¡¡¡Esto es una mierdaaaaaaa!!!, ¡¡¡Flores, he dicho flores, joder, no malas yerbaaaaaaaaas!!!” vociferaba mientras saltaba pisoteando con una agilidad insospechada hasta entonces, sobre el ramo de flores que, previamente, había arrojado al suelo, mientras nos fulminaba con la mirada de sus ojos desorbitados detrás de las gafas de miope.
Comprendimos entonces que ese tipo de flores no era al que se refería D. Juan cuando solicitó nuestra colaboración. Al día siguiente, otro alumno llevó flores más estándar, no recuerdo cuales fueron, claveles, rosas, no sé; D. Juan las colocó en el jarrón “alternativo” mientras nos lanzaba una mirada asesina.
Nunca más llevamos flores a la Virgen –nuestra situación económica no cambió mucho con los años-; Mayo tiene unos 23 días lectivos y éramos 40 en clase, así que no hacíamos falta para la ofrenda floral. No sé por qué, creo que nuestros ramos le gustaban más a la Virgen, a la que con el tiempo, aprendimos a rezar con amor y confianza.
A pesar del fracaso, convertimos –sin traumas derivados de los gritos de D. Juan, ni nada- la experiencia de recoger flores en un éxito. Decidimos que si a D. Juan no le gustaban nuestras flores, seguro que a nuestras madres si, como comprobamos, durante muchos años, todos los meses de Mayo. Así que todos los días, a la vuelta del cole, nos convertimos en un pequeño ejército esquilmador de las flores que crecían en mogotes y terraplenes del descampado de nuestras aventuras. Tanto éxito tuvo la idea que nos convertimos en un grupo algo numeroso para las posibilidades de la flora de la zona, así que, Alberto y yo, establecimos un selecto grupo, “El Club de los Recogedores de Flores” e impusimos unas pruebas de entrada y unas normas de conducta.
Las pruebas de entrada incluían rodar por un terraplén llenito de cardos y que acababa en el lateral de la autopista; coger flores a una mano, suspendido en el vacío, en una montañita de la zona y pasar, hasta una marca establecida, por el exterior de la barandilla del Puente Gris. Alberto y yo, como socios fundadores, estábamos exentos de la superación de las pruebas.
Las normas se resumían a que mandábamos nosotros y punto.
El “Club de los Recogedores de Flores” tuvo la vigencia de nuestra inocencia, es decir, no muchos años más. También nuestras madres se cansaban de tirar, todos los días, una brazada de flores silvestres a la basura.
2 comentarios:
¿Tres kilómetros de vuestro kelo a Tajamar? ¡Amos, hombre! Cómo se nota que estás imbuído en el espíritu del relato y eres otra vez un niño corto de piernas cortas...
Pongamos kilómetro y medio, y estoy siendo generoso... :-)
Qué bueno, chaval. Qué bien se te da esto de escribir. :-)
Mientras vosotros hacíais esto de las flores a la Virgen, nosotros, en un colegio de curas que parecía una sucursal de la Posguerra, cantábamos "Con flores a María" en iglesias oscuras, ante frailes de miradas oscuras, y con las voces oscurecidas por el miedo.
Igualito, mismamente.
(A la sazón, yo vivía en Ciudad los Angeles, en Villaverde... aún no nos habíamos encontrado...)
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