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sábado, 10 de febrero de 2007

El petardo y el dedo

La afición de los niños por los petardos es bien conocida. Las razones para esta afición son varias: es algo peligroso, y por tanto, hay que superar el miedo propio y ocasionárselo a los demás; es algo ruidoso y, por lo tanto, molesta a los mayores; es algo prohibido y, por lo tanto, hay que hacerlo.

En nuestro caso, la afición era doble: la mía relacionada con la procedente de ser de un pueblo muy aficionado a la pólvora (Mondéjar) y la de Alberto, por las infinitas posibilidades que en este caso ofrecía el “hágalo Ud. mismo” que a él tanto le gustaba.

Todos los principios de curso en Tajamar, se seguía el mismo ritual: yo traía petardos y correpiés de Mondéjar, Alberto y yo los tirábamos en el recreo, algún profesor nos pillaba y nos enviaba de visita al Jefe de Estudios. Al pasar de los años, el Jefe de Estudios me llamaba directamente a su despacho cuando empezaba a oír las explosiones.

La mayoría de los años, Alberto se libraba, por la técnica de poner cara de “pensamiento vacío” que tantas ventajas le reportó en momentos difíciles. Esta técnica consistía en fijar una mirada vidriosa en un punto intermedio entre Alberto y el interlocutor, abrir la boca como si se estuviera ahogando, sacando ligeramente la lengua y, en los casos más graves, dejar que un hilillo de baba la colgase por la comisura de los labios. Las respuestas, incoherentes, debían de tener un reflejo de idiocia, con un punto de gangoseo, pero debían ser creíbles, para que la persona que tenía en frente no sospechase que estaba siendo utilizado.

Esta técnica, en la que Alberto era un consumado intérprete, le sirvió, entre otras cosas, para conseguir que le concedieran prórrogas en la mili y que al final le excluyesen sin llevar ni un solo documento encima, conseguir matricularse en la Facultad de Informática fuera de plazo y sin tener plaza y, en múltiples ocasiones, para colarse en el metro y el autobús. Acudía a la ventanilla correspondiente sin cumplir ninguno de los requisitos que se exigieran en cada caso y conseguía despertar en el funcionario o militar de turno una mezcla entre compasión, irritación y ganas de quitarse de en medio a ese individuo, de tal forma, que el propio funcionario hacía las fotocopias del DNI, rellenaba los formularios, se saltaba números de expedientes y falsificaba las firmas necesarias.

La afición por los petardos y el bricolaje llevó a Alberto a fabricarse sus propios petardos, ya que los que vendían en las tiendas del barrio, habitualmente, no eran suficientemente potentes para él. Además, logró sumar a las anteriores su afición por la electrónica, fabricando petardos con encendido a distancia por medio de una pila de 4,5 V.

Los padres de Alberto, cuando aún vivía su padre, decidieron comprar un chalet en un pueblo cercano a Madrid. Allí acudían la mayoría de los fines de semana para descansar y sobre todo, para que Alberto soltase su exceso de energía en un espacio mayor de los 70 m2 de su casa de Madrid, ya que podía ocasionar desperfectos en la vivienda y en la salud de sus padres y convecinos.

Debió ser en 5º de EGB, es decir, a los 10 años, cuando Alberto decidió fabricar “la madre de todos los petardos”. Para ello, además de contar con la suficiente cantidad de azufre, carbón y salmuera, dispuso que el recipiente no debería ser el cartón común que tan poco grado de compresión –y por tanto de potencia en la explosión- le proporcionaba. Para aumentar esta potencia decidió utilizar un trozo de cañería de plomo rescatada de alguna de las obras de la zona. Así que, ni corto ni perezoso, una soleada mañana de sábado y ayudado de su hermano Óscar -en su papel de profesor Tornasol- se dispuso a llenar la citada cañería con la mezcla exacta de los ingredientes que componen la pólvora casera. Uno de los extremos de la cañería estaba cerrado por un tapón y comenzó a dar martillazos al otro extremo, apoyándose en una piedra para conseguir cerrarlo convenientemente.

Las teorías de Alberto sobre explosivos demostraron ser acertadas, pero en un momento poco oportuno. La explosión, efectivamente, fue la mayor de los petardos que jamás había fabricado hasta entonces, pero se llevó por delante la mitad de su pulgar izquierdo, mientras restos de cañería se le clavaban en la pierna derecha.

Sus compañeros de clase no supimos nada hasta que, algunos días más tarde, Alberto llegó al colegio tras varios días sin aparecer, con porte de héroe mutilado de guerra, cojeando ostensiblemente, algunos rasguños en la cara y el brazo en cabestrillo. Tras una primera observación, descubrimos que la mano izquierda de Alberto se introducía entre el pantalón y su vientre y permanecía en tan delicado lugar más allá del tiempo que el pudor exigía.

El médico que le atendió debió considerar que el pulgar de Alberto merecía mejor suerte que hacer una faena de aliño, cortar, limpiar y ser arrojado al cubo de la basura –probablemente desconocía la afición de Alberto a tocar la guitarra a todas horas y la intranquilidad que esta afición ocasionaba a familiares y vecinos- y consideró la posibilidad de regeneración del dedo por medio de un injerto. Como el asunto iba a ser complicado e iba a exigir bastante tiempo, el buen hombre consideró una situación natural para albergar al pulgar a un punto intermedio entre el ombligo y la badana. Lo que lo que en ese momento parecía la solución perfecta iba a traer complicaciones con el paso de los años.

Efectivamente, Alberto estuvo varios meses en posición de tocarse la mandanga en sentido real y figurado, hasta que los médicos separaron al dedo de su albergue temporal. Su dolencia le libró de ejecutar tareas pesadas, de acudir a las odiadas (para él, que ya por aquel entonces empezaba a mostrar formas más bien rotundas a pesar de su hiperactividad) clases de Educación Física e incluso, en ese señalado año, de hacer “La Tabla”.

La Tabla merece una mención especial. Cada cuatro años, el grupo de profesores de Educación Física de Tajamar (el llamado “departamento del músculo”) elaboraban una tabla compuesta por una serie de ejercicios propios de la gimnasia sueca que un grupo de unos 300 alumnos debería ejecutar en el Festival de fin de curso. Muy al gusto de los ejercicios del sindicato vertical o de la juventudes fascistas, algo que nunca dejó de ser chocante en un barrio tan poco dado a estos gustos como Vallecas.

Al menos el concepto de orden era distinto al de los militares a la hora de ordenar una formación: es bien sabido que los militares, cuando ordenan un grupo de soldados –ya sea un pelotón, una compañía, una escuadrilla…- comparten afición con lo fruteros: ponen a los elementos más lustrosos los primeros de tal forma que así parece que todo el conjunto es igual. Así, los más altos están delante y los más bajitos detrás. Eso hace que, cuando una formación militar avanza en un desfile, los más menudos que están atrás, vayan oliendo y tragándose lo que los más altos sueltan; al menos, si el desfile no es con caballos, no hay que recoger las bostas cuando termina, pero el resto del acompañamiento si que se produce; por eso estoy tan de acuerdo con la supresión del servicio militar obligatorio, para que al menos en eso los cortos de estatura no sufran.

En este caso, los bajitos estábamos delante y los más altos detrás, lo que permitía a nuestras madres, emocionadas, contemplar con ojos rielantes como sus hijos, vestidos con pantalón corto y camiseta con los colores del colegio ejecutaban, frenéticos, una serie de movimientos al ritmo de la música. Al principio los ejercicios eran individuales pero según progresaba la ejecución, se unían en grupos que formaban bonitas figuras poligonales, como si se tratase de una película de Esther Williams, pero sin chicas y sin piscina. La verdad es que nos esforzábamos en parecer viriles y recios a pesar de la comparación anterior, que a nadie se le escapaba. No ayudaba mucho, en ocasiones, la música elegida para marcar el ritmo, como aquella edición en la que La Tabla empezaba con la música de Heidi.

El caso es que la preparación de la Tabla centraba la mayoría de las clases de Educación Física del curso y algunas horas más fuera de horario lectivo. El elemento cúspide de La Tabla era cuando los 300 alumnos hacíamos, a la vez, “el pino” (que por cierto, nunca ha sabido el por qué del nombre, cuando le pega más, ya puestos a buscar similitudes arbóreas, el ciprés). El pino constituía un elemento diferenciador de los alumnos en ese curso: era un “pasa-no pasa”; si sabías hacer el pino, hacías La Tabla y te ponían al menos un notable en Educación Física; si no sabías hacerlo, quedabas excluido, te jugabas un suspenso y tus padres tenían que soportar el estigma de haber engendrado un hijo que no era capaz de soportar el equilibrio y el peso del cuerpo en el extremo completamente opuesto a la parte pensada por El Creador para este particular.

El caso es que Alberto se libró aquel año de la dichosa Tabla, consiguiendo un aprobado que superaba con creces sus méritos al respecto. El asunto le duró algún año más para eludir los ejercicios más pesados o para librarse de algún encargo poco atractivo. De lo que no pudo librarse, durante el resto de su vida, fue de los efectos secundarios no previstos por el médico a la hora de elegir la zona sobre la que efectuar el injerto.

Según fuimos creciendo, e inevitablemente, comenzó a salirnos pelo en sitios donde nunca antes lo habíamos tenido, a Alberto le empezó a salir pelo negro y rizado en un sitio ciertamente original. Así que, con el paso del tiempo, el rito del afeitado contaba con un elemento añadido al del común de los hombres: su dedo injertado. Su dedo piloso le otorgaba algunas ventajas: por ejemplo, cuando no quería compartir tabaco o un bocadillo, se limitaba a pasar el dedo peludo por la boquilla de los cigarrillos o por el bocata, con lo que quedaban completamente anulados para el consumo del resto de los humanos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

JA JA jA ja ja ja ja ja ja

Ay... que me meooo...

(Aquí nos andábamos acercando ya... nos habíamos mudado a Vallecas, justo al lado de Tajamar... pero yo no puede entrar, porqe sólo se podía entrar en 1º de primaria o en 1º de BUP. Me dio pena, porque entonces Tajamar era ese colegio mítico que ganaba siempre el concurso de la tele "Torneo"... pero entré al Mesonero romanos, que era público, y que empezaba a ser el campo de pruebas de muchos experimentos educativos...
...Para mí lo flipante es que ¡había murales en las paredes! ¡Dibujos! ¡Colores! ...en las paredes de los Mercedarios había una cruz y una foto de Franco y ya.)