
Durante los recreos, como los otros chavales, nos dedicábamos a jugar a churro-media manga-manga entera, a fumar cigarrillos sueltos en el kiosco del Claudio y a pasar por la barra al más tonto de la clase. Esta última costumbre es autóctona de Tajamar y yo no la he visto en ningún otro sitio, cosa que agradezco al Creador. La técnica es bien sencilla: se escoge a la víctima, normalmente el más tonto de la clase, que no tiene que ser el menos inteligente, a veces fue todo lo contrario, pues ser un “pringao” no significa nada y significa todo: puedes ser muy listo, muy deportista, muy guapo, muy… todo, pero ser un “pringao”, si no te das cuenta “de qué va el rollo”, si no sabes integrarte, en fin, si no sabes buscarte el respeto de los demás.
En fin, el caso es que se escoge a la víctima, se le aborda entre un mínimo de 4 y un máximo de 10 chavales, dependiendo de la corpulencia y resistencia del individuo, se le levanta agarrándole por los brazos y las piernas y se le intenta separar en dos mitades, simétricas, tomando como eje de división la línea recta que pasa por la nariz y el ombligo, utilizando como elemento de separación una columna de base cuadrada y hecha en acero al carbono, pintada de gris plomo, de las cientos de ellas que soportan los tejados de Uralita de los pasillos de Tajamar.
El primer obstáculo es decidir por donde se inicia el proceso de separación; los comandos experimentados ya saben que la forma más eficaz consiste en pasar una pierna del pringao de turno a cada lado de la columna elegida, ya que si se ataca directamente por la cabeza, la forma normalmente convexa que esta parte del cuerpo suele presentar en su parte superior, origina deslizamientos y rodaduras que impiden el objetivo buscado. Por tanto, una vez situada la víctima con una pierna a cada lado de la columna, el siguiente movimiento del grupo consiste en intentar que todo el cuerpo pase a través de la columna separando en dos mitades a la persona elegida.
Lo cierto es que nunca conseguí ver un ejecución completa de la técnica, probablemente por la falta de filo de la columna, si bien es cierto que su base cuadrada daba mucho juego al ejecutar movimientos en círculo alrededor de la base de la columna mientras se tiraba de las piernas del sujeto, que en esos momentos ya no solía ser pasivo y gritaba y aullaba una barbaridad. Hubo temporadas de mucho aburrimiento, cuando la lluvia nos impedía jugar en los campos de deporte o la falta de dinero nos impedía ir a jugar al futbolín al bar de Pepe o a fumar al Claudio, que podíamos pasar al mismo pringado por la barra durante toda la semana, con lo cual la práctica perdía espontaneidad, la víctima negociaba condiciones y todo se reducía a una especie de ritual vacío como la misa de un cura ateo.
Cuando teníamos dinero, salíamos al kiosco del Claudio a comprar pipas sueltas, caramelos Saci (primero de menta, luego de varios sabores) o cigarrillos sueltos, que los chavales se fumaban con indudable estilo sentados en unas sillas de enea con las que Claudio hacía más acogedor su mísero negocio. El kiosco del Claudio estaba situado en una esquina de una manzana de casas bajas, de una planta, encaladas, que rodeaban la fachada noroeste de Tajamar, la salida hacia Vallecas. El local no superaba los 4 metros cuadrados y tenía un mostrador de madera reciclada de algún derribo, tras el cual se situaba el Claudio, vestido con delantal azul, boina negra y gafas de culo de botella. Claudio debía rondar la sesentena, había perdido gran parte de los dientes, y vivió y prosperó a base de ganar céntimo a céntimo vendiendo cucuruchos de papel gris de pipas tostadas por él mismo, caramelos y cigarros sueltos. Jamás fió una peseta a ningún alumno, jamás se le desmandaron los chavales en su kiosco (a pesar de que entrábamos en tropel en los recreos) y jamás vi a nadie conseguir mangarle uno de sus preciados cucuruchos a pesar de intentar distraerle su atención aprovechándonos de su miopía. Si un profesor entraba en el kiosco todo el mundo desarrollaba una habilidad inusitada en varias artes circenses: prestidigitación, tragafuegos, invisibilidad. Así conseguíamos transformar, en unos segundos, una especie de fumadero de opio en un local donde inocentes muchachos comían inocentes pipas -con sal o sin sal- con cara de estar haciendo la primera comunión.
En aquel tugurio nos fumamos nuestros primeros cigarros comprados Alberto y yo, aunque ya antes habíamos empezado a fumar del tabaco que sisábamos a nuestros padres en casa. Allá por 4º de EGB –entre 9 y 10 años de edad-, nos pillaron por primera vez fumando en el colegio y tras la consabida bronca y aviso a los padres, decidimos no volver nunca a fumar… hasta la semana siguiente. O sea, que ya de pequeños mostrábamos el mismo carácter y los mismos defectos que de mayores.
Lo del tabaco, en aquellos años, era la prueba definitiva de si eras un pringao o no. Con el poco dinero que juntábamos entre los dos, nos dedicábamos a probar todo tipo de marcas de tabaco de la época: Goya, Rumbo, Sombra, Piper, More (el más sofisticado), Un X 2… El problema, muchas veces, consistía en guardar a buen recaudo de los registros por sorpresa de nuestras madres los paquetes de tabaco que compartíamos. En una ocasión en que Alberto y yo habíamos hecho algo de dinero vendiendo unos linóleos, invertimos nuestro capital en un cartón de Winston: auténtico Winston americano pata negra que habíamos comprado a un jincho que nos atracaba de vez en cuando camino a casa. El problema era donde meter tanto tabaco sin ser descubiertos.
Entonces Tajamar estaba acometiendo el cerramiento del colegio: ante el peligro de una expropiación del terreno del colegio, por parte del primer ayuntamiento socialista, vallaron el perímetro e hicieron unos modestos campos de deporte. En el interior de una de aquellas vallas, hechas de tubo de acero, que estaban apiladas para su colocación, escondimos Alberto y yo todo nuestro capital en cigarrillos un viernes por la tarde, para no pasar todo el fin de semana con tanto “material” encima. Durante el fin de semana, a los operarios de la obra les dio por adelantar trabajo y montaron la pila de vallas en la que estaba escondido nuestro tesoro. Menudo chasco. Debe de seguir allí.
No fue el primer ni el último episodio desagradable que vivimos por ese afán de hacer cosas “de mayores” ese mismo año. También en 4º, nos sorprendieron con nuestra primera “revista porno”. La cosa vino desde el barrio donde vivíamos. Allí, un “mayor” llamado Casas, al que luego le reconocí el por qué de la mirada aviesa y los granos en la cara, estaba en posesión de algunas hojas de una revista pornográfica francesa. En aquel entonces, 1.975-76, las revistas porno sólo podían ser francesas. Yo conseguí algunas de las hojas, por la técnica de siempre: por ofrecerme voluntario, cuando nadie quería hacer algo. Me ofrecí a esconder en mi casa la revista, ya que nadie quería ser sorprendido con tan peligroso material. Así que, durante algunos días, utilicé una técnica que luego vi en películas americanas: envolví la revista en una bolsa de plástico y la introduje en la cisterna del baño.
Mi primer confidente, evidentemente, fue Alberto. Por aquel entonces estábamos muy intrigados sobre como se hacían las cosas, es decir, cómo se hacía eso de “follar” que todo el mundo comentaba. Además, no sabíamos exactamente que conexión tenía eso –que, indudablemente, era una guarrería y que, según decían, lo hacían los gitanos en el descampado- con los embarazos, los niños…
Manejábamos las más insólitas teorías, extraídas de aquí y de allá, cosas que nos contaban “los mayores” en el barrio, teorías de los que tenían hermanos mayores, etc. Algunas de las cosas que pensábamos entonces eran auténticas depravaciones, por el mero hecho de que no conocíamos la sencilla realidad. Y desde luego, hasta muchos años más tarde, no supimos ver su relación con el amor y la ternura.
El caso es que pronto, nuestro preciado bien –las hojas de la revista porno- acabaron siendo vistas por nuestros colegas más colegas de la clase, que, por supuesto, eran los más golfos. Si no recuerdo mal, teníamos dos hojas de la revista; en una de ellas, la estrella, era una mujer desnuda, en blanco y negro, morena, con cierto parecido a Ava Gardner –o yo ahora la veo así, al esforzarme en recordarla- es escorzo. Recuerdo que no me produjo ninguna sensación especial, que no me dije “ya está, ya he visto a una mujer desnuda”, sino que, más bien, aumentó mi curiosidad. Quería ver más. Pero tampoco sabía muy bien qué hacer con ese sentimiento de curiosidad.
La otra hoja tenía una escena sexual entre un hombre y una mujer. Recuerdo que nos impresionó mucho ver el pene del hombre en erección, sobre todo porque tenía una deformidad: el prepucio se inclinaba hacia abajo –creo que por el frenillo- de manera ridícula y, en clase, nos partíamos de risa entre “los colegas” haciendo un signo que consistía en mostrar el pulgar –como diciendo OK-, pero con la última falange en ángulo recto.
En una de estas nos pilló un profesor a Alberto y a mí haciéndonos la famosa señal y se interesó por su significado. Alberto puso la cara de siempre y yo me transfiguré en San Luis Gonzaga, pero un chivato al que no le habíamos dejado ver la revista (y que luego fue pasado repetidas veces por la barra) cantó la gallina. El profesor nos pidió los papeles, se los llevó a su mesa, los hojeó un rato, carraspeó, empezó a tragar saliva –todavía recuerdo su nuez, subiendo y bajando- mientras Alberto y yo imaginábamos las peores torturas que, inevitablemente, íbamos a sufrir. Ya nos veíamos sometidos a expulsión, castigos infinitos, azotes continuos… Pero nada de eso sucedió.
D. Javier, que así se llamaba el joven profesor, decidió que era un buen momento para aplicar un ejercicio de tolerancia y prudencia y prefirió no mandarnos al Jefe de Estudios con los papeles en la mano. A cambio de eso nos soltó, -entre carraspeos, mirando al suelo- una charla que no entendimos muy bien (o si), sobre los árboles jóvenes, que están creciendo y a los que no se les podía colgar un columpio, ni ninguna carga, pues eso dificultaría su crecimiento, o crecerían torcidos, etc. Era una bonita metáfora en la que nosotros sabíamos claramente que éramos los árboles jóvenes, pero no veíamos el columpio por ningún lado, no sospechábamos en aquel momento que la pornografía, efectivamente, era un lastre.
La infancia y la juventud, tienen como característica común que a pesar de tener toda la vida por delante, son mucho más cortoplacistas que la época adulta
O precisamente por eso, ¿no?.
3 comentarios:
Una vez que pasa el tiempo, puedes ver las cosas de diferente manera. Son bonitas anécdotas, seguro que tienen buen seguimiento.
Gracias Carissa; la finalidad del blog es que lo lean -y les guste- aquellos que le conocieron, para no olvidar, para tenerle vivo, presente, para ayudarles a recordar otros momentos -si es posible buenos - que pasaron en Alberto.
Para las personas como tú, que entran al azar, sólo espero que sea entretenido.
Bonito blog el tuyo, por cierto.
Para los que no hayan conseguido visualizar lo "pasar por la barra": Se coge a un pavo en volandas, dos por detrás y dos por cada pierna y se le lleva hasta un poste cuadrado del diámetro aproximado de un paquete de tabaco.
Se le abren las piernas.
Se pone la barra en medio.
Se tira. La barra queda en la entrepierna. Se tira más. Si tal, incluso de gira alrededor de la barra.
Jode lo que no os imagináis. De hecho, para los que teníamos hermanos en Tajamar y no estábamos allí, era uno de los relatos mitólogicos preferidos. Yo, que iba a entrar en 1º de BUP, andaba un poco cagado con ello.
Luego me pasaron por la barra y ya se me pasó el miedo.
Me entró el pavor.
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